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La utilidad de los espejos

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Tiempo de lectura: 4 minutos

Colectivos a los que odias y al final acabas haciendo lo que en ellos criticas

A poco que uno me haya tratado sabrá que hay un colectivo por el cual no siento la más mínima simpatía, los coach.

Por ellos entiendo a toda esa persona que, por el mero hecho de haber vivido su vida y creer que ha aprendido mucho de lo que le ha salido bien y mal, está capacitado por pontificar sobre vidas ajenas y sugerir cambios en la forma en la que cada uno la vive.

Vaya por delante que los habrá buenos, pero los que yo me he encontrado tenían alguna laguna o, directamente, les faltaba un hervor.

La vida es complicada. Quien te diga que “quien quiere, puede” o aquello de “no te rindas”, o es demasiado joven y pocas cosas le han pasado, o no se ha enterado de nada lo que ha vivido, o, directamente, muy poco te quiere.

Si querer significara poder, os puedo asegurar que conozco mucha gente que ya sería funcionaria hace tiempo. Del mismo modo, a veces lo más sensato es rendirme.

Lo que sigue es mi experiencia personal y la conclusión que he sacado. No hay ninguna referencia bibliográfica, ya que todo lo que indico es de elaboración propia. De este modo, no asumo ninguna responsabilidad por todo aquello que podáis hacer tras la lectura de esta entrada.

Antecedentes

Sexto de carrera lo hice en Manchester. Antes de las vacaciones de semana santa no podía aguantar una hora de clase sin tener que ir al baño. Durante las vacaciones en casa me diagnosticaron diabetes.

Para aquellos que no estén familiarizados con ella, la enfermedad supone, en mi caso, que para metabolizar el azúcar que tomo, en lugar de que el páncreas produzca la insulina necesaria, soy yo quien me la tengo que inyectar.

Pillé la diabetes quizá en el peor momento que lo podía haber hecho, el año siguiente a haber hecho regulación automática en la carrera. De nuevo, para los no iniciados, en esa asignatura se habla, por ejemplo, de cómo mantener la temperatura de una habitación con independencia de lo que pase en la misma (si hay más gente o menos o si se abren o no las puertas y ventanas).

En mi caso la temperatura era el nivel de azúcar en sangre, la gente o las puertas y ventanas era lo que como y la manera de que todo cuadre es la insulina que me inyecto. Dicho de otro modo, creía que podía comer lo que me diera la real gana, siempre y cuando acertara con la dosis de insulina correspondiente a cada comida.

El modelo, teóricamente al menos, está blindado. Ahora bien, falla estrepitosamente por los detalles. No es trivial saber siempre cuánto hay que pincharse. La cosa es peor todavía cuando intentas replicar unos niveles normales, es decir, bajos para la estándar de un diabético.

La diabetes te puede matar de dos formas. De mayor si acumulas muchos años con niveles altos de azúcar en sangre o en unas horas si te pasas con la insulina. Es obvio que sigo vivo, pero algún susto me he dado y he dado.

Podrá resultar paradójico, pero en estos más de 20 años mi enfoque no se ha visto modificado de manera sustancial, a pesar de todas las medidas y situaciones que he vivido.

El espejo

Uno de los motivos por lo que quizá vivía como lo hacía es que no había ninguna forma de saber exáctamente qué pasaba en cada momento con mis niveles de azúcar. Yo obtenía valores discretos. No eran perfectos, pero parecían soportables.

A principios de año me pusieron un sensor con el cual puedo ver en un medidor y en el móvil la curva de azúcar de las últimas 8 horas y, de este modo, de todo el día (si acerco el medidor o el teléfono al sensor al menos una vez cada 8 horas).

Literalmente fue como caer de caballo camino a Damasco.

No es lo mismo imaginarte las cosas que verlas con tus propios ojos. En mi caso, esto ha llevado a que cambie lo que como y la cantidad de insulina que me inyecto. Ya no tomo palmeras de chocolate, por ejemplo, porque sé qué efecto puede tener.

De momento llevo más de 6 meses así. Imagino que en algún momento tendré alguna crisis, pero podríamos decir que algo he cambiado en mi relación con la diabetes.

Conclusiones de lo anterior

Personalmente, creo que en lo que me queda de vida me quedan, como muchísimo, otros 2-3 momentos de lucidez radical como este. Diría que al resto del mundo le pasa lo mismo. La vida no da para más de 3-4 de estos momentos, con suerte. No voy a pretender, por tanto, promover en vosotros ningún cambio radical.

Me bastaría con que fuerais conscientes del poder que tiene enfrentaros a vosotros mismos de manera honesta. Al final de esta entrada se hablaba de la Historia Interminable. En ella, hay una prueba, la del espejo mágico, en la que la gracia está en ver si eres capaz de soportar quien realmente eres. Según se dice en la película antes del momento enlazado, no todo el mundo lo consigue.

En todos estos años he debido hablar con centenares de personas informándoles sobre la oposición y la preparación. Del mismo modo, he tratado con decenas que se han preparado con nosotros. Siempre he intentado actuar como ese espejo, pero no siempre es posible ni deseable.

En el primer caso, sin mentir nunca, se intenta mostrar claramente un lado de la moneda (lo que se puede ganar y cómo hacerlo). No se oculta el otro, pero al ser algo más personal, queda para el interlocutor ahondar en ello (el coste que supone intentarlo).

En el segundo, necesariamente no se puede ser un espejo perfecto, ya que en algunos casos lo que se vería se parecería poco a lo que uno cree que presenta. De nuevo, no se miente, pero nuestro papel ha de ser crítico con los errores, pero también motivador. Esta doble vertiente de la preparación hace que encontrar el equilibrio sea complicado y que se puedan cometer errores sin pretenderlo.

De este modo, creo que resulta fundamental que tanto los unos como los otros algún día busquéis un espejo, os miréis en él y, según lo que veais, actuéis en consecuencia. Desgraciadamente, no os puedo decir cómo es ese espejo ni dónde está. Eso os tocará a vosotros.

La oposición ya es bastante dura como para que encima vosotros andéis haciéndoos trampas al solitario.

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