
Después del primer test: análisis de la nota de corte, el próximo oral y alguna sorpresa
5 julio, 2026¿De dónde viene todo esto y qué es el «opositor quemado»?
En una entrada anterior, una persona nos dejó un comentario tremendamente interesante donde quería abordar un tema espinoso y del que a veces cuesta hablar en voz alta: el opositor quemado.
Lo que nuestro lector venía a decir, con mucho criterio, es que una oposición es un camino extremadamente duro y que mucha gente se mete de lleno sin ser realmente consciente del reto al que se va a enfrentar. Es fácil idealizar la meta, pero el día a día de encerrarse a estudiar mientras la vida de los demás sigue avanzando pasa factura.
Además, señalaba un cambio clave: dado que el primer examen ha pasado a ser un test, ha bajado drásticamente el «coste» de intentarlo. Esto hace posible que se haya disparado el número de paracaidistas (candidatos que van a probar suerte sin la preparación adecuada) que han podido llegar al examen oral. Como presumiblemente este grupo no tiene un nivel suficiente para defender los temas, especula con que el número de suspensos en la siguiente fase llegará a niveles apocalípticos.
Para rematar, incluía una frase del boxeador Mike Tyson muy clarificadora sobre la realidad del opositor. Ya sabéis: «Todo el mundo tiene un plan hasta que le dan el primer puñetazo en la cara» (o, en nuestro caso, hasta que te sientas y abres el BOE por primera vez y ves la inmensidad del temario).
Solo nos surge una duda sobre cómo encaja todo este análisis tan racional con la última frase, mucho más romántica, de su comentario: «Por eso el hambre mueve montañas». Como últimamente no andamos sobrados de ideas para escribir en el blog, vamos a utilizar esta reflexión como excusa perfecta para abrir un melón importante: ¿Cuáles son las verdaderas motivaciones de la gente para opositar hoy en día?

El efecto llamada: ¿estamos ante una invasión de paracaidistas?
Vamos a repasar los números fríos, que nunca mienten. En la pasada convocatoria había 220 plazas en juego. Se inscribieron 320 personas y finalmente se presentaron al primer examen 214 valientes.
En esta convocatoria, sin embargo, el escenario es muy distinto: con 187 plazas disponibles, se han inscrito nada menos que 548 personas. Aunque no sabemos con exactitud cuántos fueron el día del examen, estamos seguros de que superaron con creces los 214 del año pasado; quizá fueron el doble.
Por tanto, podemos afirmar sin riesgo a equivocarnos que ha habido un efecto llamada brutal. Ahora bien, el hecho de que casi todos los que se presentaron sin llevar un certificado de inglés hayan suspendido de forma contundente nos hace pensar que, quizá, la primera criba ya ha hecho su trabajo y no queden tantos turistas vivos en el proceso.
Llegados a este punto: ¿Será el examen oral una carnicería? No creemos que la cosa llegue a parecer una película de terror, pero sí es muy probable que no apruebe el número de personas que inicialmente se podría esperar. Parece que la mayoría de nuestro público en nuestra página de LinkedIn opina exactamente lo mismo. (Hacemos un inciso: si no nos sigues aún en esa red, te animamos fervientemente a que lo hagas).
Entonces, ¿está en lo cierto nuestro comentarista cuando habla de niveles apocalípticos de suspensos por culpa del nuevo formato test?
Depende de en qué aspecto de su discurso pongamos la lupa. Si nos fijamos en que ha bajado drásticamente la barrera de entrada para hacer el primer examen, la respuesta es un rotundo sí. Lo que su comentario no entra a valorar es si el nivel real exigido para conseguir el aprobado ha bajado o no, pero a efectos prácticos, podríamos asumir que sí.
Se estima que ha aprobado aproximadamente la mitad de los que fueron al examen. Como entre los suspensos hay un auténtico ejército de paracaidistas (aquellos que no llevaban certificado y fueron «a probar suerte»), esto provoca un efecto estadístico curioso: ellos han ocupado los puestos de suspenso que, en un año normal, les habrían tocado a opositores reales.
Con un ejemplo matemático se ve facilísimo. Imaginemos que el ratio de aprobados fijado es del 50%. Van 400 personas al examen, de las cuales 100 son puros paracaidistas. Según la estadística, suspenderán 200 personas en total. De esas 200, 100 serán los paracaidistas (que caen por su propio peso), y los otros 100 serán opositores que, habiendo estudiado, no llegaron al umbral exigido.
¿Qué habría pasado si no hubiera habido paracaidistas? Habrían ido 300 opositores serios. Manteniendo el 50% de suspensos, habrían caído 150 personas (los 100 de antes, más otros 50 que habrían subido el nivel de corte). Es decir: por cada dos advenedizos que han ido a pasearse al examen, se ha salvado un opositor real de la quema. ¡Gracias por participar!
Hablemos en serio: ¿por qué opositamos realmente?
En el resto de cosas que menciona nuestro lector, tenemos nuestras dudas, y pasamos a exponerlas analizando por qué la gente decide encerrarse a estudiar.
Hace poco publicamos en nuestra página de LinkedIn un análisis exhaustivo sobre la competitividad de los salarios en la Función Pública comparados con los salarios que un ingeniero industrial podría obtener en el sector privado en una serie de países. La comparación se llevaba a cabo a través del análisis del poder de paridad de compra (PPP, por sus siglas en inglés).
El resultado para el sector privado nacional era francamente desolador. En términos medios, sale muchísimo más a cuenta sacarse una oposición que trabajar en el sector privado. Los datos no engañan: como funcionario del grupo A1 en España, tendrás un nivel de vida y una capacidad adquisitiva superior a la de casi todos los países analizados en el sector privado.
Si a este factor económico le sumamos que no te pueden echar, que la ansiada conciliación laboral y familiar realmente existe, y que tienes la opción de reenfocar tu carrera profesional dentro de los distintos ministerios tantas veces como quieras… digamos que sacarse una oposición tiene demasiadas ventajas y muy pocos inconvenientes.
Por otro lado, dado que el proceso de selección se basa en criterios objetivos como el mérito y la capacidad (medidos a través de tu habilidad para superar unos exámenes), esto hace que, en algunos casos, el Estado actúe como empleador de último recurso. Es decir, gente que por el motivo que sea no consigue trabajo en el sector privado, o que simplemente no quiere someterse a sus dinámicas, acaba viendo en la Administración su mejor salida.
¿Es malo que el Estado sea un refugio?
Nosotros creemos firmemente que no tiene por qué.
Hemos defendido en multitud de ocasiones que el criterio inicial de selección del personal en la Administración y que va a trabajar durante décadas allí no es el único factor relevante. Si siempre se ha dicho con sorna que una vaca matriculada un número suficiente de años podría acabar siendo licenciada en Derecho, en el funcionariado debería pasar algo parecido con la profesionalidad.
Por muy inexperta o poco capaz que parezca la persona que accede en el momento de aprobar, si pasados 5 o 10 años dentro de la Administración sigue siendo igual de inoperante, podemos creer con total seguridad que el problema lo tiene el Estado por no saber formarla, motivarla y gestionarla, no la persona.
¿Filtro de vocación o simple prueba de cabezonería?
Una vez escuchamos una idea en otro ámbito que nos voló la cabeza: el hecho de que ser juez cueste una media de 5 o 6 años de tu vida (sin hacer otra cosa que estudiar de lunes a domingo) genera un beneficio colateral no previsto. Actúa como un filtro natural. Solo aquellos que realmente quieren ser jueces aguantan la presión; aquellos cuya motivación es otra, lo acaban dejando por el camino debido al desgaste.
No negamos que este planteamiento tiene lagunas evidentes (como el sesgo económico de quién puede permitirse estar 5 años sin ingresar un euro), pero creo que podemos estar todos de acuerdo en que si has dedicado un lustro de tu vida en exclusiva a unos apuntes, demuestras una determinación clara. Y esa determinación puede correlacionar fuertemente con una verdadera vocación de servicio público.
Si ahora mismo la tendencia general es que las oposiciones se hagan más cortas y sencillas, un posible resultado es que el perfil de la gente a la que atraiga cambie radicalmente. Quizá ya no tengan el mismo perfil, la misma resistencia a la frustración o la misma motivación que los que opositaban antes.
De nuevo, ¿es esto malo? No tiene por qué. Lo que es incuestionable es que la gente que vaya a aprobar en lo sucesivo será diferente, y habrá que aprender a gestionar esta diferencia. Las personas que entren van a estar al menos 20 o 30 años trabajando para la Administración. Insistimos: si en todo ese tiempo no se les ha metido en vereda, el problema no es del examen de acceso.
¡Te toca mojarte en los comentarios!
Nosotros ya hemos soltado nuestra opinión, pero un blog donde solo habla uno es tremendamente aburrido. Así que ahora te pasamos el micrófono a ti:
- ¿Tú qué opinas de todo esto? ¿Crees que el próximo oral va a ser una masacre histórica para los «paracaidistas» o los tribunales levantarán un poco la mano?
- Seamos sinceros: ¿Estás en esto por pura vocación de servicio público o porque las condiciones del sector privado dan ganas de echarse a llorar?
Déjanos un comentario justo aquí abajo y abramos el debate, que seguro que tienes algo que aportar. Y como siempre, si prefieres comentarnos algo por privado o necesitas consejo, puedes ponerte en contacto con nosotros aquí mismo. ¡Te leemos!



